LA ISLA CALAVERA: APOCALIPSIS KONG



King Kong es uno de los pocos mitos puramente cinematográficos. A pesar de referentes claros como El mundo perdido (1912) y La Bella y la Bestia (1770), la historia del gigantesco simio no adapta para la pantalla ninguna obra previa. La otra singularidad del personaje es que le relacionamos necesariamente con su relato específico: Kong no es James Bond o Indiana Jones, susceptibles de vivir diferentes aventuras, sino que le asociamos siempre con el mismo argumento: su descubrimiento en Isla Calavera, su captura, su traslado a Nueva York y posterior escape, su amor por Ann Darrow, su batalla en lo alto del Empire State para luego morir. Así, de King Kong conocemos la obra maestra que es la película original, de 1933 y dos remakes: el de 1976, producido por Dino DeLaurentiis y el firmado por Peter Jackson en 2005. Las tres películas, básicamente, recrean la misma historia, con algunas actualizaciones. La otra particularidad de King Kong es que detrás de cada una de sus reimaginaciones, encontramos la figura de un artista de los efectos especiales: Willis O'Brien en la original; Ray Harryhausen en la secuela, Mighty Joe Young (1949); Rick Baker en el primer remake y en menor medida, los avances digitales de Weta Workshop en la de Jackson. Dicho todo esto ¿Qué es entonces Kong: La Isla Calavera? Es el primer paso para la creación de un universo cinematográfico -al estilo de Marvel Studios, DC o Star Wars- que el simio compartirá nada menos que con Godzilla, tras la película de 2014 de Gareth Edwards. Por lo tanto, debemos buscar el precedente de Isla Calavera no en las tres películas mencionadas, sino en el díptico producido por la japonesa Toho, King Kong vs. Godzilla (1962) y King Kong escapa (1967), dirigidas por Ishiro Honda y en las que el simio abandonaba su stop motion natural para adoptar la estética del gran Eiji Tsuburaya, cuyos famosos monstruos gigantes -el propio Godzilla, Ultraman- eran actores disfrazados. En estas películas japonesas, King Kong protagonizaba deliciosas historias de tebeo, que se apartaban del esquema paradigmático, aunque mantuvieran ecos y guiños de este. Algo así es Isla Calavera, que propone una trepidante aventura con una nueva presentación de King Kong, concentrándose en la parte que tiene la historia original de El mundo perdido de Conan Doyle y obviando el mencionado referente de La Bella y la Bestia. Así, la historia amplía la anécdota de los aventureros en la selva prehistórica y se desentiende de la captura del monstruo y de su viaje a la civilización. De esta manera, el guión de Isla Calavera potencia su naturaleza pulp, la pura aventura, la serie B, y cercena la moraleja de la historia, su componente trágico, su potente metáfora sobre la represión de los instintos -violentos, sexuales- del subconsciente, que se extraía del amor de la bestia por Ann Darrow y de su aniquilación por la civilización. Perdemos en resonancia, pero ganamos en la parte lúdica: esto es pura diversión. La película se compone de set pieces espectaculares, en las que los aventureros protagonizan encuentros constantes con todo tipo de bestias extrañas. Los clásicos dinosaurios son sustituidos por seres cuya función es insertar a Kong en el universo del kaiju eiga de Godzilla. Bestias primitivas, lovecraftianas, que nos acercan de nuevo a la textura onírica del film original de 1933, devolviéndonos parte de aquel sense of wonder. En el mismo sentido, este Kong está soberbiamente retratado con efectos especiales menos brillantes, que pierden el realismo zoológico del simio de Jackson, pero que se acercan más a la bestia de pesadilla de Willis O´Brien. Aquí se pasea por la selva primigenia con los aires del coloso de Goya. Por otro lado, el variopinto reparto de personajes humanos cumple roles arquetípicos: Tom Hiddleston es el héroe de una pieza con pocos matices; Samuel L. Jackson es una suerte de capitán Ahab de Moby Dick (1851); Brie Larson es una atrevida fotógrafa de guerra que acaba siendo la nueva Ann Darrow; John Goodman sustituye al ambicioso productor cinematográfico Carl Denhman de la historia original y John C. Reily -el mejor de la función- aporta el alivio cómico componiendo una parodia del coronel Kurtz de Apocalipsis Now (Francis Ford Coppola, 1979). Y no debe ser casualidad que el personaje de Hiddleston se apellide Conrad. Ambientada en el 1971 post-Vietnam, Kong, el monstruo, se convierte en una metáfora de la guerra, del "otro" temido, desconocido, extranjero -ese al que Donald Trump dedica sus discursos- del que los estadounidenses prefieren no saber nada, mientras soldados anónimos luchan en territorios exóticos cuyos nombres  intentan olvidar.