BYZANTIUM (NEIL JORDAN, 2012)


-CUIDADO SPOILERS-

La figura del vampiro ha sido utilizada para representar diversas ideas en múltiples historias en varios formatos: el miedo a lo extranjero en la novela original Drácula (Bram Stoker, 1897); como elemento liberador del sexo y de la violencia reprimida (Drácula, Terence Fisher, 1958); como el padre freudiano que hay que matar (Fright Night, Tom Holland, 1985); o como vehículo del amor inmortal (Drácula, Francis Ford Coppola, 1992). Pero Byzantium propone al vampiro como narrador de historias. Relatos que ocurren simultáneamente en la actualidad, y en diversas épocas de pasado. Historias desordenadas cronológicamente, pero que coexisten en Eleanor (Saoirse Ronan).


Todo son historias. Para definirnos, para comprender las cosas que nos pasan, y para relacionarnos con los demás, convertimos nuestras vidas en historias. Esa es la lección que imparte un profesor a sus alumnos en Byzantium, sin sospechar que una de ellas es un vampiro.

Precisamente, el conflicto que vive esa alumna, Eleanor, es que ha vivido durante 200 años. Dos siglos en los que su historia pesa cada vez más porque no puede contársela a nadie. Se lo prohíbe su madre, Clara (Gemma Arterton), por supervivencia. El mecanismo que utiliza ésta para sobrevivir es sepultar su verdadera historia. Para ello crea ficciones que considera más creíbles que la realidad -dice a todo el mundo que su hija es su hermana- y se inventa nuevas identidades. 

Pero Eleanor decide desobedecer a su madre y contarle su vida a Frank (Caleb Landry Jones). La razón es obvia, se ha enamorado de él. Y para poder amar resulta imprescindible empezar por contar la historia de cada uno para luego unirlas en un solo relato compartido. El problema es que cuando Eleanor confiesa por fin su verdadero origen, Frank no le cree. Piensa que se trata de una fábula con un subtexto que oculta cosas terribles.


Eleanor es una vampira diferente, sin colmillos, que utiliza la eutanasia para alimentarse. Evita la culpa y el remordimiento bebiendo la sangre sólo del que va a morir de todas maneras. Pero aún así debe pagar un precio. Cada moribundo al que concede la muerte le cuenta su vida. Y así Eleanor ha ido cerrando historias durante 200 años. Su maldición no es la sed de sangre, sino su capacidad para recordarlo todo.