UNA INTERPRETACIÓN COMPLETAMENTE EQUIVOCADA DE ROBOCOP (PAUL VERHOEVEN, 1987)


Robocop comienza con un burdo rótulo de su título ocupando toda la pantalla sobre la panorámica de una ciudad. El nombre de la película, de entrada, es ridículo. El concepto, un policía cyborg, es de pura serie B casposa (hay un precedente en los cómics Marvel: el personaje Deathlok creado en 1974). El espectador ideal de Robocop es el adolescente masculino aficionado al actioner, como deja claro el eslogan del cartel promocional: "Parte hombre, parte máquina, todo policía". Ese concepto se desarrolla como una revenge movie -dos años antes se había estrenado El Jinete Pálido (Clint Eastwood, 1985)- que se apoya en el "complejo de Frankenstein": la máquina que se rebela contra sus creadores, pero también el pecado de devolver a la vida a un hombre muerto. Esta mezcla de ideas habría sido suficiente para crear un "placer culpable" muy apetecible. Pero, si miramos debajo de la ciencia ficción pulp, de las escenas de acción con tiroteos hiperbólicos y de sus excesos de hemoglobina, quizás encontremos algo más en Robocop.


El informativo paródico con el que comienza la película nos sitúa en el tiempo -un futuro cercano distópico- y nos enseña a los villanos de la función: Dick Jones (Ronny Cox) vicepresidente de la corporación OCP; y su álter ego criminal -y asesino de policías- Clarence J. Boddicker (Kurtwood Smith). Pero además, el noticiario marca también el tono: hay que ver la película con cierta distancia irónica y buscando su soterrado sentido del humor.



En la sociedad del futuro de Robocop, los políticos han perdido contacto con el hombre común, al que han dejado desamparado a merced de las corporaciones, y sólo aparecen en las noticias de la televisión ocupándose de conflictos internacionales motivados por intereses económicos. En esa misma televisión -en la que una sociedad embrutecida ve siempre el mismo estúpido programa cómico- un parado responde a las preguntas de un reportero resumiendo la posible denuncia de la película: "Es una sociedad libre. Pero nada es libre ni gratis, porque no hay garantías. Cada quien por su cuenta. Es la ley de la selva."
 

Hay una escena al principio que resume el tema de la película. Ocurre durante una reunión de negocios de la corporación OCP. La cámara sigue a un hombre mayor (Dan O´Herliy) que camina paralelamente a una larga mesa en la que están sentados los ejecutivos. Conforme el hombre mayor se va acercando al extremo de la mesa nos vamos dando cuenta de su poder en la empresa. Finalmente se sienta presidiendo la reunión: es el jefe de todos. Pero la cámara sigue moviéndose mientras el hombre mayor comienza su discurso sobre los planes de la corporación. La cámara continúa hasta posarse sobre la maqueta de Delta City: el proyecto para construir la ciudad del futuro sobre el viejo Detroit. Enseguida, nos presentan al ED 209, un mecha con metralletas por brazos. La máquina es el policía del futuro, y asistimos a una demostración de su poderío contra el crimen. Cuando el robot falla, el terror se apodera de los ejecutivos, que hasta ahora hacían la pelota al jefe entre sonrisas forzadas, enfundados en sus carísimos trajes. El miedo revela su verdadera naturaleza mezquina. El ED 209 acribilla a uno de ellos en una escena de ultra violencia consciente. El ejecutivo despedazado cae sobre la maqueta de Delta City: la nueva ciudad tendrá que ser levantada con sangre.


Robocop habla de capitalismo salvaje, y lo hace igualando al empresario, Dick Jones, con el criminal, Clarence Buddicker. Ambos utilizan las mismas frases como fórmulas para conseguir el éxito: "el buen negocio está donde uno lo halle". Y el objetivo de Clarence es dejar de robar bancos para invertir en el negocio de la droga. "No hay mejor manera de robar que la libre empresa", dice.



La gran corporación, la OCP, está dirigida por ejecutivos sin escrúpulos. Su principal negocio es privatizar la gestión de un servicio público, el departamento de policía, cuyos agentes serán utilizados como carne de cañón para erradicar el crimen. Los olvidados de Detroit deben desaparecer para que se pueda levantar la moderna Delta City. Pero hay un obstáculo: las amenazas de huelga de la policía. Por ellas la OCP decide construir un trabajador robótico, que no come ni duerme ni se queja nunca. Primero el fallido ED 209. Luego Robocop. No por casualidad, las políticas y los recortes de la OCP para gestionar el cuerpo de policía ponen en peligro a los agentes, que caen como moscas. Cuando conocemos al protagonista, Alex Murphy (Peter Weller), el jefe de policía retira el nombre de un agente, muerto en servicio, de su taquilla. Los policías presentes, dolidos e indignados, hablan de irse a la huelga. El último plano de la secuencia de presentación nos enseña el nombre de Murphy en su recién estrenada taquilla. Él será el próximo en morir.


Lo que no sabe Murphy es que el contrato de trabajo que ha firmado para la OCP incluye una cláusula que les permite hacer con su cuerpo lo que les dé la gana. Tras su muerte, es utilizado como cobaya y convertido en un producto, en una propiedad de la compañía. El sueño húmedo de cualquier empresario. Robocop sería entonces una metáfora del trabajador explotado.



Pero sabemos que nada esto es verdad. Sólo hace falta mirar de nuevo el cartel promocional, y leer ese slogan fascista de "El futuro de la Fuerza de la Ley". No hay más que recordar que se trata de una película sobre un policía robot que elimina a los criminales -el cáncer de la ciudad- de manera expeditiva; que no negocia con terroristas y que le recuerda sus derechos a los detenidos con una voz robótica de chiste. La epidermis de Robocop es un divertimento para la ultraderecha, igual que Juez Dredd (John Wagner, Carlos Ezquerra, 1977) ¿o no?