EL GRAN HOTEL BUDAPEST (WES ANDERSON, 2014)


Una chica en un cementerio abre un libro del escritor al que da vida Tom Wilkinson, que nos cuenta como en su juventud, interpretada por Jude Law, conoció al dueño del hotel que da nombre a la película, y que a su vez le narra la historia de cómo llegó a hacerse con el inmueble gracias al verdadero protagonista, M. Gustave (Ralph Fiennes). Así comienza la película de Wes Anderson, como una historia dentro de una historia dentro de otra historia, que poco a poco, a través de sus múltiples narradores, va perdiendo el contacto con la realidad objetiva hasta convertirse en una pura fabulación.


Lo más bonito de El Gran Hotel Budapest es esa voluntad de disfrutar con el placer de narrar. Lo que se cuenta tiene un ritmo ciego que se detiene lo justo en cada personaje, en cada peripecia, y que tiene la libertad de dejarse llevar por detalles que se acumulan casi hasta la saturación estética. Porque los decorados y el vestuario han sido creados con un mimo difícil de superar.


El principal logro de la película es que, a pesar de que sus muchos personajes rozan la caricatura, los sentimos cercanos, creíbles y humanos. Entrañables. Y en el mismo sentido, sus escenarios, completamente irreales de bonitos que son, no impiden que tengamos la sensación de que ese hotel existe, en algún lugar de nuestra memoria, como si realmente lo hubiésemos visitado alguna vez.