EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (STEVEN SPIELBERG, 2015)


Probablemente la combinación de Steven Spielberg y Tom Hanks produzca demasiado "buenismo". Si a esos dos agregamos la música de Thomas Newman -supongo que John Williams estaba haciendo la nueva de Star Wars- estoy seguro de que los más cínicos tendrán problemas para aguantar los 150 minutos de El puente de los espías. Pero estarán equivocados. Spielberg canaliza aquí el humanismo de John Ford y Tom Hanks hace lo posible por parecerse a Spencer Tracy en una película perfecta -sí, perfecta- de la que solo puedo decir que tiene aliento clásico. Sé que es un lugar común. Hay referencias obvias que se pueden citar, como Caballero sin espada (Frank Capra, 1939), pero yo pensé todo el tiempo en El último hurrah (John Ford, 1958), una película menor de Ford -¡Madre mía!- como también esta lo es de Spielberg. Pero qué dos películas "menores". En la de Ford, Spencer Tracy exhibe ese sentido común -que los estadounidenses consideran endémico- con el que parece capaz de resolver cualquier situación. La misma cualidad que exhibe aquí un Tom Hanks inmenso -también sobre la báscula, ya podría ser un sosias de nuestro Alberto Chicote- un abogado y padre de familia capaz de resolver la guerra fría a fuerza de buena voluntad. Spielberg deja la cámara más quieta que de costumbre -la fotografía de Januz Kaminski siempre es preciosa- y nos ofrece un ejercicio narrativo apabullante -los 150 minutos se pasan como si nada, ¡Esas transiciones!- en el que yerra con alguna imagen demasiado simplista -lo que Hanks ve a través de la ventana de un tren en Nueva York es muy diferente a lo que ve en uno del Berlín de postguerra-. Pero también consigue Spielberg imágenes memorables, como la fugaz visión del retrato de su mujer que ha hecho el espía ruso en su celda. El mensaje de la película está claro: la gente es solo "gente", suele equivocarse, y son igualmente ruines o generosos sin importar lo que pone en su pasaporte. Y en unos Estados Unidos post-Guantánamo y post-Abu Ghraib, resulta valiente defender que un prisionero de guerra debe ser tratado con dignidad. Porque lo esencial en El puente de los espías es su humanidad. ¿Ñoña? ¿inocente? puede ser, pero también comparable en espíritu a otra película, esta sí una obra maestra, La gran ilusión (Jean Renoir, 1937).