MACBETH (JUSTIN KURZEL, 2015)


Justin Kurzel estrena en España su segunda película, Macbeth, la primera con estrellas conocidas -Michael Fasbender, Marion Cotillard- y que se presenta avalada por su éxito en festivales internacionales. Al australiano no le hace falta que confirmemos en las salas su talento, porque ya está cerca de completar la adaptación del popular videojuego Assasins Creed (2016), en la que repite con Fasbender y Cotillard como protagonistas.


Kurzel se atreve en su segundo film no solo a abordar un texto de Shakespeare, sino a seguir los pasos de un genio como Orson Welles, que acometió la adaptación, digamos, canónica en 1948. Luego vendría un clásico como Trono de sangre (1957) en la que Akira Kurosawa traslada al Japón feudal la tragedia del dramaturgo inglés: inolvidables son el siseo del kimono de Isuzu Yamada -en el rol equivalente a Lady Macbeth- y la imagen de Toshiro Mifune erizado de flechas enemigas. No me gustaría olvidar mi adaptación favorita, la de Roman Polanski de 1971, en la que el director polaco inyecta verosimilitud y algo de su humor negro, en el drama de Shakespeare. 


En su película, Kurzel consigue aunar la abstracción del teatro con la fisicidad del cine. Los personajes, con los rostros surcados por cicatrices, goteando sangre, empapados por la lluvia y manchados de barro, declaman con convicción los versos del bardo. Kurzel no dramatiza el argumento de Macbeth -no lo convierte en acciones- sino que se vale del texto, recitado por sus estupendos actores, para engarzar unas escenas con otras. Su interés no es narrativo, sino estético -la fotografía es apabullante, los paisajes escoceses espectrales- y sobre todo emocional: los guionistas filtran la ausencia de hijos en el matrimonio como la carencia subterránea que mueve su ambición. Apoyándose en los versos y en los intérpretes, Kurzel consigue momentos de gran intensidad: los niños que lloran antes de la batalla; Lady Macbeth que tiene cogido a su marido literalmente "por los huevos"; la forma en que Macbeth acepta el destino que para él predijeron las brujas.