EL PRINCIPITO, PARA ADULTOS



El principito seguramente forma parte de la infancia de la mayoría de nosotros -ha sido traducida a más de 250 idiomas y dialectos- pero en el film dirigido por Mark Osborne -realizador de Kung Fu Panda (2008)- la novela corta más famosa de Antoine de Saint-Exupéry sirve únicamente como una -pequeña- historia dentro de la historia. Es verdad que, en principio, el clásico infantil no es precisamente el material ideal para una película de animación. Más poética, filosófica y metafórica que narrativa, El principito no tiene la estructura en tres actos del guión de Hollywood medio. Seguramente es por eso que aquí la apuesta es crear una nueva historia alrededor de la obra de Saint-Exupéry, en la que vemos a la protagonista, una pequeña niña (Mackenzie Foy), viviendo en un mundo ordinario -y gris- muy parecido al nuestro. Algo así como los suburbios de Eduardo Manostijeras (1990). El encuentro de la niña con un mentor, el Aviador (Jeff Bridges) -un Saint-Exupéry envejecido, cercano a Don Quijote- le abrirá las puertas de la imaginación y la fantasía. Estamos ante un guión que desarrolla los conflictos recurrentes del cine infantil de Hollywood: el paso de la infancia a la madurez, la ausencia del padre, el individualismo. Nada que no hayamos visto antes en E.T. El extraterrestre (1983), Big (1988), Toy Story (1995), o Del Revés (2015). Aunque también es cierto que, en cierto modo, estos temas recogen las preocupaciones de El principito, obra que diferencia al adulto del niño según vea un sombrero... o un elefante tragado por una pitón. En esencia, la historia de la película iguala el paso a la madurez con la aceptación de la muerte, pero aboga por mantener vivo al famoso "niño interior". Todo esto se nos cuenta con la animación y el look que imperan comercialmente gracias a gigantes como Pixar. Lo más interesante, sin embargo, está en los pasajes de El Principito que la niña va leyendo durante la historia y que probablemente son la verdadera razón por la que hemos pagado la entrada. Esta parte del relato se presenta en una delicada stop motion que copia el trazo de las acuarelas y dibujos con las que el propio Saint-Exupéry ilustró su obra. Es aquí donde encontramos la adaptación fiel -y hermosa- del original. Pero se trata de escenas de corta duración que, siendo sinceros, rompen bastante la estética del largometraje. A esto hay que añadir la discutible licencia que se toman los guionistas al continuar la historia clásica en un nuevo planeta que parece inspirado en la cuadriculada sociedad que dibuja el Jacques Tati de Playtime (1967). Que cada uno decida si esta opción es válida. Sea como sea, creo que la propuesta de una "adaptación" de El Principito en las coordenadas de la animación actual más comercial se hace pensando en esos adultos sin imaginación que la propia película critica. Para que los padres no se aburran con un film "demasiado" poético. Creo que los niños, mucho más abiertos, habrían aceptado sin problemas la estructura episódica y el tono y la estética del original. Por eso, lo mejor que se puede hacer tras salir de la sala de cine, es leer a nuestros hijos la novela original de Saint-Exupéry.