EL DESAFÍO (ROBERT ZEMECKIS, 2015)


No hay nada real en El desafío. Desde la horrenda peluca y el falso acento francés del que hace gala el actor protagonista, Joseph Gordon-Lewitt -algo sobreactuado en un personaje que puede resultar cargante- pasando por la recreación del París de los años setenta y hasta la resurrección de las torres gemelas del World Trade Center, todo es simulacro en la película de Robert Zemeckis. Autor obsesionado con otro tipo de "desafío", el técnico, Zemeckis siempre ha intentando conseguir el "más difícil todavía": empezando por la mezcla de animación tradicional e imagen real de ¿Quién engañó a Robert Rabbit? (1988), pasando por la manipulación de las imágenes de archivo de Forrest Gump (1994) hasta la animada Beowulf (2007), la realidad no parece haber sido nunca lo más importante para el director de Regreso al Futuro (1985). Y sin embargo, El desafío está basada en un hecho real, en las memorias del funámbulo Phillipe Petit, cuya historia ya ha sido llevada a la gran pantalla en el oscarizado documental, Man on Wire (James Marsh, 2008). Quizás precisamente por eso, Zemeckis no intenta ser realista y utiliza como principal recurso narrativo la ruptura de la cuarta pared: Petit, encaramado a la Estatua de la Libertad -primer simbolismo demasiado obvio de la película- nos habla directamente, creando distancia entre nosotros y lo narrado. La música de Alan Silvestri, la fotografía preciosista de Dariusz Wolski y el colorido ambiente circense ayudan a apuntalar la atmósfera de cuento. Por no hablar de un caricaturesco Ben Kingsley, en el papel del mentor de Petit, Papa Rudy.


El Desafío narra una historia tan lineal como el alambre entre las torres que debe cruzar Petit y solo en ese momento -a la hora y media de metraje- aparece la única emoción real de toda la película: el vértigo que consigue Zemeckis en un film concebido para ser visto en tres dimensiones. El miedo a una caída del personaje principal -incluso conociendo la historia real- puede llegar a marear en un alarde de habilidad del director que nos mantiene al filo del abismo durante casi media hora. Pero su hazaña, como la de Petit, aunque digna de aplauso, no deja de ser más que un truco circense. Todavía peores son los intentos de trasplantar un corazón a esta película utilizando el símbolo de las trágicamente derribadas torres gemelas.