EL HIJO DE SAÚL (LÁZLÓ NEMES, 2015)


Película húngara ganadora de un Globo de Oro y nominada al Oscar, El hijo de Saúl se postula a obra maestra por sacrificar el plano general. ¿Qué director podría resistir la tentación de abrir el objetivo de la cámara teniendo a su disposición a numerosos actores caracterizados, vehículos de la Segunda Guerra Mundial y decorados perfectamente conseguidos?. Esa decisión narrativa, de desenfocar el horror y mantenernos pegados a la nuca y a los ojos de Saúl (Géza Röhrig), es también la de evitarnos cualquier distracción de la mayor tragedia de la historia contemporánea. Es la misma opción que hace que lo que nos cuentan sobre el Holocausto, sobre un conflicto de repercusión global, se limite a ser la historia de un hombre, un judío obligado a colaborar con los nazis en un campo de concentración. Un personaje cuya mayor virtud es darle valor a una sola muerte ante un evento deshumanizador que ha convertido la vida en algo desechable. Cuando están muriendo miles, cuando intentan sobrevivir decenas, Saúl lo arriesga todo por un solo cadáver. Ese esfuerzo inútil se justifica cuando verbaliza lo evidente: "ya estamos muertos".


En un uso soberbio del fuera de campo la claustrofóbica cámara se mantiene pegada a la nuca de Saúl durante 107 minutos en un ejercicio que resulta agotador y abrumador para el espectador. La película utiliza el montaje, sí, pero la sensación es la de un largo plano secuencia, casi en cámara subjetiva, casi como un videojuego bélico -de la saga Call of Duty o de Gears of War- por su capacidad de meternos de lleno en el horror, en primera persona. En el libro El cine según Hitchcock, el director contaba a François Truffaut que uno de sus proyectos no realizados era el de crear una historia que nos fuera llevando por el itinerario de una ciudad durante 24 horas. Algo parecido consigue El hijo de Saúl, porque con el desesperado deambular de su protagonista, nos muestra el letal engranaje de un campo de concentración en pleno funcionamiento para aniquilar la vida humana. Pocas películas pueden ser más pedagógicamente aterradoras. Todavía menos consiguen que en medio de semejante inhumanidad se puedan ver destellos de dignidad, fe y esperanza. Eso solo es posible en una obra maestra.