DEADPOOL (TIM MILLER, 2016)



Me gustan los cómics. Sobre todo los de superhéroes. Pero nunca me ha gustado Deadpool. Porque me parece una parodia y soy de la opinión de que los superhéroes no necesitan ser parodiados. El cómic funciona en un punto intermedio entre el cine y la novela. Un punto en el que un hombre enfundado en unas mallas no resulta ridículo. Básicamente porque está dibujado. Me gustan los tebeos de superhéroes porque llevan implícita una doble lectura autoparódica. Solo hay que leer los larguísimos textos rimbombantes que escribía Stan Lee en los años sesenta para darse cuenta de que nadie se tomaba esto muy en serio. Lo que no quiere decir que no me apasionen estas historias. Algo parecido me ocurre con James Bond. No me gusta Austin Powers.


Deadpool, como personaje de cómics, nació en los -muy parodiables- años 90. En esa época, los fans de los superhéroes tuvimos que soportar el reinado de los dibujantes. Se le daba más importancia al dibujo que a las historias. Encima, aquellos dibujos solían ser malos como una película de Jerry Bruckheimer, en el sentido de que había mucha acción, pistolas muy grandes, tíos cachas y chicas guapas... pero el argumento no tenía demasiado sentido. En esos años ocurrió algo imposible. Un tío llamado Rob Liefeld, sin capacidad ninguna para dibujar, consiguió ser una estrella y creó a Deadpool. En la película hay varios pequeños homenajes a su nombre. Aquel primer Deadpool era un mercenario llamado Wade Wilson, de diseño clonado de otro personaje llamado Deathstroke -de nombre civil, Slade Wilson- con poderes parecidos a los de Lobezno y una máscara que recuerda a Spiderman. Nada original. Más tarde, en las manos del guionista Joe Kelly, Deadpool obtuvo una serie propia que básicamente era una parodia del género: el antihéroe hablaba directamente con el lector y hacía un montón de chistes con referentes a la cultura popular. Hay que decir que si Superman aprovecha para dar el ejemplo cada vez que habla y Batman intenta meter miedo, Spiderman se caracterizó siempre por burlarse de sus enemigos. Pero de buen rollo. Deadpool es Spiderman diciendo tacos y en algún momento se comporta con sus enemigos como Buggs Bunny con Elmer Fudd. Todo esto se aplica a esta película. Y mola.


Me gusta Deadpool, la película, porque no la considero una parodia de una de superhéroes. Sé que hay un comentario irónico sobre el género, sé que Ryan Reynolds rompe la cuarta pared y habla de la franquicia de los X-Men, se burla de Hugh Jackman y se acuerda del Ferris Bueller de Todo en un día (John Hughes, 1986) en la mejor escena postcréditos de una película de superhéroes. Sé todo eso. Pero creo que hay más. Deadpool está muy bien escrita y dirigida, tiene mucho ingenio. La primera secuencia de acción es brutal, graciosa y violenta. La película se esmera en que su tono paródico no convierta a su historia en intrascendente. Y lo consigue haciendo que cada golpe sea duro. Que nos duela cada tiro. La otra forma que tiene el film de implicarnos es desarrollando a sus personajes: la larga secuencia en la que Wade y Vanessa (Morena Baccarin) se enamoran está muy bien, es divertida y verdaderamente romántica. Cuando descubrimos el conflicto principal del personaje, este realmente ha llegado a importarnos. Deadpool puede parecer una parodia, pero la verdad es que no se limita a burlarse de los clichés del género. De hecho, gran parte de lo que hace bien esta película es que tiene un lenguaje adulto, en el sentido de que no ha sido censurada para resultar apta para los niños. Así, en Deadpool se dicen tacos, se cortan cabezas, salen tetas, por primera vez un superhéroe es sodomizado y se habla con naturalidad, los diálogos -brillantes- se parecen a las cosas que diría una persona normal. El único pero, la asignatura siempre pendiente en las películas Marvel: el villano. Podría haber sido mejor. Ajax (Ed Skrein) mola, pero me he pasado toda la película esperando que apareciera su jefe.