SULLY: NO NECESITAMOS OTRO HÉROE



En los años sesenta, Clint Eastwood fue el "hombre sin nombre" en la famosa trilogía del dólar de Sergio Leone. Un justiciero sin afeitar -lejos del cowboy de sombrero blanco del Hollywood clásico- en la tierra sin Ley del spaghetti western. Inmediatamente después, en Harry el sucio (Don Siegel, 1971), fue un policía enfrentado a sus superiores, políticos, burócratas -y blandos- que eran los principales obstáculos para que el expeditivo detective de la Magnum .44 hiciese "justicia". Mucho más tarde, ya como director, Eastwood, sigue interesado en la esquiva figura del héroe moderno. El protagonista de El francotirador (2014) era sin duda un "héroe" en el campo de batalla si atendemos a su capacidad para las hazañas bélicas, pero también la víctima de una guerra sin sentido y del trauma de todo veterano para adaptarse a una sociedad civil que le recibe con una incomodidad culpable. En Sully, Eastwood propone en la figura del piloto Chesley Sullenberg (Tom Hanks) a un personaje cuya hazaña -aterrizar un avión con 155 personas en un río- puede ser vista al mismo tiempo como una heroicidad y como el producto de una incompetencia que puso innecesariamente en peligro la vida de sus pasajeros. Este parece ser el dilema que ha interesado a Eastwood durante su carrera. ¿Era el protagonista de la crepuscular Sin perdón (1992) el último justiciero de un mundo superado o el más eficiente de los asesinos? Recordemos en aquella película a la figura de W.W Beauchamp (Saul Rubinek), un escritor que buscaba a un héroe para su libro, que prefería siempre la leyenda a la verdad. En Sully, los medios también juegan un papel clave para construir la imagen del milagro en el río Hudson en la mente de la opinión pública. Pero aquí, hay pocas dudas. La elección de Tom Hanks como intérprete permite a Eastwood que el espectador no desconfíe nunca de las buenas intenciones del piloto. La imagen de Hanks, algo así como el nuevo Spencer Tracy, ha sido labrada en decenas de personajes positivos y esto se proyecta en su personaje. Hanks es un hombre intachable, de gran experiencia profesional, enfrentado a una compañía aérea y otra de seguros, a los fríos datos estadísticos, a las simulaciones de ordenador y a los ingenieros que nunca han abandonado su escritorio. Así, Eastwood vuelve a interrogarse acerca de la figura del héroe en nuestra sociedad, pero evita polémicas y lecturas políticas, a pesar de un par de referencias al 11-S. Y esto nos lo cuenta con la sabiduría narrativa que solo tienen los clásicos como John Ford o Steven Spielberg. Con una sencillez apabullante, sin movimientos de cámara llamativos, sin un montaje tramposo, con una banda sonora minimalista, con interpretaciones contenidas, el viejo Clint consigue emocionarnos incluso cuando nos cuenta un accidente aéreo cuyo desenlace conocemos antes de entrar en la sala de cine. Sully parece un viaje en ascensor pero emociona como una montaña rusa. Su humanismo y su calidad cinematográfica deberían ser suficientes para hacernos olvidar que el señor Eastwood ha apoyado públicamente al impresentable Donald Trump. Y también qué quizás tiene algo de razón cuando dice que somos una "generación de nenazas".