LA LLEGADA (DENIS VILLENEUVE, 2016)


La llegada es la mejor película del año. Es también la consagración de Denis Villeneuve, director canadiense, que se dio a conocer con la potente Incendies (2010), y que ahora firma su primera gran película. En ella recoge elementos de una filmografía todavía corta, pero solvente, en la que ha ido cambiando de género con cada film. La llegada tiene algo de la atmósfera religiosa -recargada por la culpa- de la electrizante Prisioneros (2013); reutiliza la narrativa fragmentada y subjetiva de la onírica Enemy -en la que el protagonismo recae también en un profesor- con alguna de sus fugas surrealistas y terroríficas. Por último, coincide con Sicario (2015) en su heroína femenina y atormentada que debe abrirse paso en un mundo de hombres. Con La llegada, Villenueve se confirma como un "autor" que opera siguiendo las reglas de Hollywood. Eso sí, a partir de ahora debemos exigirle todavía más.


La llegada es también una suma del cine de ciencia ficción de invasiones extraterrestres. Tiene el mensaje pacifista de un clásico como Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951). Hay ecos del humanismo de Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977), aquí los personajes principales también son civiles, personas normales y su objetivo es comunicarse con los visitantes. El enfoque realista, científico y femenino, recuerda también a Contact (Robert Zemekis, 1997). Por último, y cuidado que esto es un spoiler, los extraterrestres recuerdan a los monstruos lovecraftianos de La niebla (Frank Darabont, 2007) de Stephen King. Pero además, hay que decir que la influencia más visible es la de, quizás, la mejor película de ciencia ficción de la historia del cine. Una en la que, seguramente, no pensamos inmediatamente cuando hablamos de cine de extraterrestres. Me refiero a 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) de la que encontraréis varias referencias visuales explícitas en La llegadaTodo esto, que puede sonar a batiburrillo, en manos de Villeneuve se convierte en algo novedoso. Hemos visto decenas de films sobre extraterrestres, pero el director consigue interesarnos como si fuese la primera vez, generando inteligentemente el misterio necesario para engancharnos y consiguiendo eso que llaman sense of wonder. La llegada es una historia solvente, con una sencillez y una narrativa eficaz como de serie B -en el buen sentido- que no necesita de unos efectos especiales espectaculares. Hay los justos. Solo con eso estaríamos ya ante una película memorable. Pero la propuesta resulta, además, tremendamente original al enfocar el encuentro con los aliens desde el punto de vista lingüístico. ¿Cómo podríamos entendernos con seres absolutamente diferentes? Todo en La llegada nos habla de la comunicación, del lenguaje, de entender al otro, hasta el extremo de que la propia forma narrativa del film se pone al servicio de esta idea de una manera absolutamente orgánica y magistral.


Como Kubrick, Villeneuve busca trascender lo genérico y para ello se sirve de un estilo reminiscente del de Terrence Malick: una fotografía preciosista para narrar momentos pequeños, íntimos, de seres humanos relacionándose entre ellos y de una forma casi mística con la naturaleza, con la vida. Estos momentos son sobre todo parte del prólogo y del epílogo de la historia -aunque aparecen entremezclados también con la trama central- y en ellos, los  problemas existenciales se proyectan hacia el cosmos. Como si el Universo entero pudiera amplificar los pequeños dramas personales. Llegados a este punto no puedo evitar el comparar La Llegada con Interstellar (Christopher Nolan, 2014), obra maestra fallida que también bebía de 2001: Una odisea del espacio. Esta comparación que hago es, de por sí, un gran spoiler, por lo que solo diré que me parece que la de Villeneuve es una película más concentrada, más enfocada y pulida, que la del autor de El caballero oscuro (2008). Lo que consigue La llegada que no pudo hacer Interstellar es mantenernos enganchados, absortos, con su trama, el tiempo suficiente para preparar un salto hacia un mensaje mucho más profundo. Como en la de Nolan, el clímax en la película de Villeneuve es un giro sorprendente, que lo cambia todo, y que resulta absolutamente emocionante, apoyándose, es verdad, en la magistral On the Nature of Daylight, pieza musical de Max Richter, autor de la banda sonora de la serie The LeftoversEste clímax es una paradoja que amplifica de forma descomunal el alcance de la historia, curiosamente haciendo que un acontecimiento mundial como la llegada de los extraterrestres tenga una repercusión personal, se convierta en un drama individual, que se convierte, por cierto, en el mejor argumento provida que me hayan dado nunca. Y lo digo completamente en serio. ¿El siguiente proyecto de Villeneuve? La secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Si alguien puede salir airoso de un reto semejante, es él.