EL CLAN (PABLO TRAPERO, 2015)


El director argentino Pablo Trapero abandonó hace tiempo el riguroso realismo -social- de El bonaerense (2002) y Familia rodante (2004) para valerse de una caligrafía más asequible, con la aspiración a llegar a un público más amplio, apoyándose en intérpretes conocidos -pero solventes como Ricardo Darín- y siempre en las coordenadas del policíaco, sobre todo a partir de Carancho (2010) pero sin abandonar la preocupación por la realidad de su país -Elefante Blanco (2012)-. El clan da un paso más allá, en este sentido es más ambiciosa, cambiando lo social por lo político.


No podemos ver El clan como otra cosa que como una metáfora de la dictadura argentina de los años 1976 a 1983. La familia Puccio funciona exactamente como un régimen autoritario, en el que el monstruoso Arquímedes Puccio -un espeluznante Guillermo Francella- es obviamente el dictador mientras que su mujer y sus hijos representan la sociedad argentina: algunos colaboran, otros callan y unos pocos optan por el exilio. Pero nadie se rebela. 


-AVISO SPOILERS-

La película se estructura en capas que se cubren unas a otras: bajo la imagen de familia unida y de los negocios tapadera, se esconden terribles secuestros. En el nivel inferior de la casa familiar, un sótano oculta a los torturados rehenes. Temas de música pop evitan que se oigan los gritos de las víctimas y esas mismas canciones las utiliza Trapero para suavizar la violencia de los secuestros. Estas secuencias las monta el director en paralelo a los intentos del hijo mayor, Alejandro Puccio (Peter Lanzani) por tener una vida, una juventud, normal. Lo que en mi opinión evita que El clan sea una obra maestra es que esta estructura que nos va contando los secuestros funciona por acumulación y no tiene una progresión dramática que nos lleve a un clímax. Se hace repetitiva y eso evita que el desenlace de la historia alcance todo su potencial: estamos ante la historia de un padre y un hijo. De un país y sus ciudadanos. Alejandro siente que su padre le ha quitado su vida, igual que Arquímedes se siente abandonado por su idea de Argentina. Porque hay en esta película otro sótano, todavía más oscuro que el de los secuestros, en la psique de Puccio, que se llena de odio cada vez que escucha los progresos de la democracia en la radio o en la televisión.