UNA PASTELERÍA EN TOKIO (NAOMI KAWASE, 2015)


"No hay conflicto", diría uno de esos listillos que van de cinéfilos, pero a mí me ha causado admiración la forma en la que Una pastelería en Tokio oculta casi completamente una tragedia bajo las imágenes de una historia amable, reposada y sobre todo dulce. Cada uno de los tres personajes principales esconde un conflicto personal sumamente doloroso, que las sobrias interpretaciones de los actores se esmeran por contener. Lo que cuenta esta película debería producirnos una enorme tristeza, pero sus imágenes sencillas y hermosas, sus planos fijos y largos, la ausencia casi completa de música, el sonido del viento que agita las hojas de los cerezos -un cliché desde los tiempos de Kurosawa- todo esto disfraza el drama como diciéndonos que vale la pena vivir si podemos dedicarnos a lo que realmente nos gusta hacer. O si podemos conseguir que lo que hacemos, nos guste. Esta idea de resignación ante la adversidad y esa mirada humanista de blindado optimismo proviene del personaje central, una anciana llamada Sentaro (Masatoshi Nagase) con muy buena mano para las judías -¡Dulces!- que cambia la vida de los que la rodean con su filosofía vital. Lo dicho, admirable.