ANOMALISA (DUKE JOHNSON, CHARLIE KAUFMAN, 2015)


Anomalisa es la primera película de animación nominada a un Oscar calificada para mayores de 17 años. Probablemente también es una de las más tristes que he visto. Charlie Kaufman, uno de los pocos guionistas cuyo nombre te sonará, es el responsable de un proyecto muy original, muy libre, cuya existencia se debe a Kickstarter, la famosa web de micromecenazgo. La personalidad como autor de Kaufman -suyo es el guión de Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004)- se nota en la recurrencia de temas como la soledad, la incomunicación, el peso del éxito y el desamor. El protagonista, Michael Stone -con la voz del David Thewlis de Indefenso (Mike Leigh, 1993)- es un personaje atormentado y paranoico que vive en un entorno decididamente hostil. La premisa es sencilla, original y pesadillesca: todos los que rodean a Michael -mujeres, niños, ancianos- tienen la misma voz, la del actor Tom Noonan. Un poco como si todos tuvieran el rostro de John Malkovich. Es difícil de describir la sensación de extrañamiento y desorientación que esto produce al ver la película. Quizás la palabra más acertada sea desazón.


La otra decisión clave en Anomalisa es la de contar esta historia utilizando la animación stop-motion y marionetas realistas en sus texturas, movimientos e iluminación que sin embargo no ocultan su naturaleza de muñecos sin vida. Lo interesante es que Kaufman era reticente a convertir su obra de teatro original en una película animada: la puesta en escena de aquella era todavía más radical, ya que proponía una desconexión entre los diálogos que recitaban los actores -los mismos que en la película- y las acciones sobre el escenario. Los intérpretes no se movían ni se tocaban mientras sus parlamentos describían, por ejemplo, un encuentro sexual. Kaufman firmó aquella obra con un seudónimo: Francis Fregoli, por el síndrome del mismo nombre en el que los pacientes se sienten perseguidos por una persona a la que creen ver en todas partes, siendo esta incluso capaz de adoptar el aspecto de otros individuos.


Es precisamente una escena sexual la que mejor describe la naturaleza única de esta película. De haber sido representada por actores reales, veríamos simplemente un acto sexual, cotidiano, quizás incluso atractivo. Pero un coito protagonizado por estos muñecos resulta incómodo, angustioso sobre todo por su larga duración. Nada que ver con la jocosa escena de Team America: World Police (Rey Parker, 2004). Aunque el animador Duke Johnson intenta hacernos olvidar que estamos ante una película animada, lo cierto es que su empeño por mostrarnos pequeños momentos mundanos -la espera de un taxi, ducharse en un hotel, limpiar un espejo empañado- produce una sensación de náusea existencial ante lo que en una película con actores serían tiempos muertos sin más importancia que marcar el ritmo del relato. Esta incomodidad aumenta por otra decisión clave: el éxito del proyecto en Kickstarter permitió que pasara de ser un corto de 40 minutos a un largometraje de 90 deprimentes minutos. Anomalisa es una obra maestra -irrepetible- de la amargura.