LOS ODIOSOS OCHO (QUENTIN TARANTINO, 2015)


¿De cuántos directores de cine se puede decir que has visto toda su filmografía? Seguramente de pocos o ninguno. Pero probablemente Quentin Tarantino es uno de ellos. Es fácil encontrarse con personas que ha visto todas las películas del tío que comenzó trabajando en un videoclub. Tarantino es uno de los directores en activo más populares por varias razones. Su cinefilia gusta a los espectadores exigentes, pero sus películas son asequibles al gran público. Tarantino ha cultivado su imagen creando un personaje "famoso", pero hace películas que se sostienen por sí solas. Además, como director no se prodiga demasiado. No estrena cada año como Woody Allen. Y sobre todo, nunca nos ha decepcionado. Los que estéis pensando en Death Proof (2007), volvedla a ver. Hasta que os guste. Lo importante, amigos, es que Los odiosos ocho tampoco decepciona.


Cuenta la leyenda que Tarantino no quería hacer esta película tras la filtración de su guión en Internet. Pero una lectura en público del texto le hizo cambiar de opinión. Lo importante de la anécdota es que Los odiosos ocho puede ser leída por actores, en un escenario, y funcionar. Porque es teatro. A pesar de los inmensos parajes nevados rodados en Ultra Panavision 70, gran parte de la película transcurre en el interior de una cabaña cuyo suelo de madera se convierte en la tarima de un escenario teatral. Tarantino juega allí con la profundidad de campo y deja que sus actores se muevan para recitar sus diálogos. Lo que nos recuerda al aliento teatral de su ópera prima, Resevoir Dogs (1992).


Los odiosos ocho es la suma del cine de Tarantino. Están sus típicas referencias cinéfilas, muy claras, a los parajes nevados de El gran silencio (1968) de Sergio Corbucci y sobre todo al nihilismo de los spaghetti western de este director italiano en el que ya se fijó para su Django Desencadenado (2012). En el mismo sentido, aunque Tarantino hace aquí un playlist de sus bandas sonoras favoritas -como en Kill Bill (2003, 2004)- utilizando temas de La Cosa (John Carpenter, 1982) y hasta de El exorcista 2 (John Boorman, 1977), utiliza al maestro Ennio Morricone para reinterpretarlas y para componer una partitura original memorable. Por si fuera poco, añade temas contemporáneos, anacrónicos, incluyendo uno de los White Stripes. Entre los actores, caras conocidas, como el constante Michael Madsen; un Eric Roth que hace un papel que podría haber hecho Christoph Waltz; la episódica Zoë Bell; el mitológico Kurt Rusell y el actor que mejor entona los diálogos de Tarantino, un Samuel L. Jackson que está inmenso. Pero hay más, porque no falta la narración fragmentada en capítulos; el típico inciso en flashback; un momento gamberro de humor escatológico realmente sorprendente; un baño de sangre cortesía de Greg Nicotero; y una carta de Lincoln -sí, del presidente- iluminada como la misteriosa maleta que fue el McGuffin de Pulp Fiction (1994).


De pequeño, cuando veía un western, una película del salvaje oeste, situada en la frontera sin Ley, me preguntaba cómo confiaba nadie en alguien. No entendía cómo se podía vivir en una sociedad en la que podían pegarte un tiro en cualquier momento. En Los odiosos ocho, Tarantino refleja esa desconfianza en el otro de una forma magistral. Todos sus personajes son malos. Todos sospechan de todos y por eso se habla de Agatha Christie, pero también hay que citar la mencionada La Cosa de John Carpenter. Cualquiera puede no ser quien dice ser, y Kurt Russell vuelve a sentirse paranoico. Pero además, Tarantino apoya esa sensación en ideas muy actuales, como la del racismo, una reivindicación muy presente en su cine. Y sobre todo, el director basa esa desconfianza en la idea de un enfrentamiento político radicalizado -entre el norte y el sur tras la Guerra de Secesión- que bien podría reflejar el estado actual de las cosas.