STEVE JOBS (DANNY BOYLE, 2015)


Supongo que medio planeta ha visto, alguna vez, el vídeo -en youtube- de alguna de las famosas presentaciones de Steve Jobs, en las que mesiánicamente introducía en nuestra vidas -para sufrimiento de mi bolsillo- un nuevo producto. Basada en una biografía escrita por Walter Isaacson y autorizada por el propio Jobs, esta película ocurre durante los estresantes segundos previos a tres de esas presentaciones, en tres momentos muy diferentes de su vida. Quizás por esto, por tratarse de una historia real, lo primero que sorprende de este film es su espíritu teatral. Toda la acción ocurre entre las bambalinas de lo que bien podría ser una representación dramática. En algún momento pensaréis en Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), aunque sin todo el ruido y la furia: aquí no se nota la cámara de Danny Boyle como sí estaba muy presente por la pirueta del (falso) plano secuencia en la de Iñárritu. Además de Steve Jobs -eficientemente interpretado por Michael Fassbender- hay solo seis personajes en esta obra, con los que el protagonista tendrá que mantener tensas conversaciones antes de cada una de las presentaciones, intentando resolver conflictos que se alargan durante años y que revelan la historia no contada de estas personas. Con respecto al guión, Aaron Sorkin (o el propio Boyle, o los actores) pisa el freno: sus diálogos no tienen la velocidad atropellada a la que nos ha acostumbrado, pero sí mantienen la frescura y el ingenio habituales. Quizás podríamos reclamarle que utilice la misma argucia que en La red social (David Fincher, 2010) para darle un cierre a la historia. Si en aquella nos decía que el amor -no correspondido- por una chica (Rooney Mara) llevaba a Mark Zuckerberg a modificar nuestras vidas creando Facebook; aquí Sorkin nos dice que uno de los seis personajes antes mencionados es la clave sentimental que empujó a Steve Jobs a revolucionar nuestra relación con la tecnología y el mundo. El lado humano, supongo. A pesar de esto, la película hace un retrato interesante y nada amable -todo lo contrario- de Steve Jobs y su final resulta emocionante. El prólogo propone, además, una segunda lectura, en la que Jobs es algo así como el elegido para cumplir profecías, especialmente la que hizo en 1974 el autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke sobre los ordenadores e Internet. Hay en Steve Jobs varios guiños a su obra más conocida, 2001: Una odisea del espacio (1968).