AMERICAN HORROR STORY: HOTEL -CHUTES AND LADDERS


CHUTES AND LADDERS (14 DE OCTUBRE DE 2015) -AVISO SPOILERS-

El Hotel Cortez con sus habitaciones, sus pasillos -sus alfombras de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980)- y sus pasadizos secretos, sirve como metáfora de la propia serie. Es un lugar de encuentro para personajes, historias, estéticas y vertientes diferentes del cine de terror. No nos engañemos: AHS siempre ha sido así. Siempre ha tenido la virtud -o el defecto- de combinar todo tipo de referencias sin ningún prejuicio. En Hotel, sin embargo, la estructura narrativa parece más libre, más anárquica, fluida como una pesadilla. En esto recuerda al giallo italiano o a una película de David Lynch.


Enumerar todo lo que ocurre en el episodio resulta estimulante o agotador. Un rehén (Max Greenfield) que vive dentro de un colchón. Niños chupa sangre albinos -salidos de El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960)- que juegan al Space Invaders. Una recepcionista macabra (Kathy Bates) y un barman travestido (Denis O´Hare) llamado Liz Taylor. Una limpiadora fantasma (Mare Winningham) obsesionada con las manchas de sangre. Una Condesa -Bathory- (Lady Gaga) que se alimenta de sangre para seguir joven y su amante -vampiro- (Matt Bomer) que prefiere ver House of Cards a salir de caza (se ha aburguesado). Todo esto se nos muestra solo en el prólogo. Luego, nos descolocan del todo con una discusión sobre la vacunación infantil entre Alex (Chloe Sevigny) y una madre interpretada por Madchen Amick. Qué guapa era ella en Twin PeaksEl episodio se divide luego en cuatro tramas protagonizadas por cuatro personajes diferentes que tienen exactamente la misma estructura. El protagonista se interna en los pasillos del hotel y vive una experiencia terrorífica que le lleva al encuentro con otro personaje. Esto provoca la narración -en flashback- de una historia del pasado. Veamos.


El primero es el detective John Lowe (Wes Bentley) que comienza su estancia en el hotel y esto le lleva a tener todo tipo de visiones fantasmagóricas -como la de Holden (Lennon Henry), su hijo fallecido-. Lowe protagoniza oníricas carreras por los pasillos en las que se utiliza el zoom con profusión setentera (otra vez hay que hablar del giallo). El policía llega finalmente al bar del hotel para encontrarse con uno de sus fantasmas, Sally (Sarah Paulson), que le saca a Lowe su historia personal: precisamente, la pérdida de su hijo es su mayor trauma. La estancia del detective en el hotel es un descenso a los infiernos en busca de pistas sobre el asesino en serie que se confirma como una negrísima parodia del de Seven (David Fincher, 1995), con muy mal gusto: envía a la comisaría un paquete que contiene un Oscar ensangrentado que antes ha estado insertado en un lugar muy incómodo.


El segundo personaje es el modelo -cocainómano- Tristan Duffy (Finn Wittrock) que protagoniza una extravagante pasarela en el propio hotel, que incluye un cameo de Naomi Campbell y una referencia al Vogue de Madonna (y a la revista). Tristan se raja su propia cara cuando decide dejar de ser modelo y asegura haber rodado con Lars Von Trier. Comienza entonces un viaje por los pasillos del hotel muy parecido al que hemos visto a Lowe. Un viaje que incluye la ingesta de un plato de comida lleno de repugnantes gusanos al estilo del director de horror italiano Lucio Fulci. Tristan tiene un breve encuentro con James March (Evan Peters) el fantasma mayor del hotel. El descenso a los infiernos del modelo acaba en los brazos de la Condesa, que le convierte -habla de virus- al vampirismo en una escena que parece softocore ochentero. Lo primero que quiere hacer Tristán, por cierto, tras ser convertido, es vengarse de la modelo Kendall Jenner. Pero lo importante es que tenemos enseguida otra escena de confesión: la Condesa habla de su pasado. Nació en 1904 -a Tristan le llama la atención que haya vivido en la época de los Clinton- y su época preferida fue justo al final de los años 70  -en una referencia a Studio 54- justo antes del SIDA. Lo siguiente que hace la Condesa es romperle el corazón -sin estacas- a su amante anterior. Lo hace con una frase contundente: "Lo importante -de ser vampiro- no es a quién matas o a quién te follas, sino que te rompan el corazón".


El tercer personaje es la niña Scarlett (Shree Crooks), hija de Lowe, que hace contacto con su hermano fallecido, Holden, conoce su extraña historia vampírica y tiene la horrorosa visión -también en la línea gore de Fulci- de Sally riendo mientras sus dientes se desmoronan. También la familia de Scarlett se hace pedazos. Precisamente, su desaparición temporal en el hotel lleva al policía de nuevo al edificio (y a la cuarta historia del episodio). Lowe se encuentra allí con Iris (Kathy Bates) que le narra la historia del constructor del hotel, el mencionado James March, en un flashback en blanco y negro, expresionista y con ecos de un Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) cruzado con The Toolbox Murders (Dennis Donnelly, 1971). La idea es estupenda: un asesino en serie millonario construye un edificio que le permite cometer todo tipo de asesinatos sin ser descubierto. Al menos por un tiempo, porque finalmente la policía se presenta y March acaba quitándose la vida. Su despacho estaba en la habitación 64, el corazón negro del siniestro hotel. Así descubrimos la motivación de March: "Lo peor en el mundo es la religión" -su padre era creyente, pero sádico- lo que le lleva a inventarse lo de los asesinatos inspirados en los diez mandamientos bíblicos. Lowe descubre que alguien, en la actualidad, ha decidido continuar con su macabra obra.


He sido exhaustivo para dejar clara una cosa: en este episodio hay material suficiente para una temporada entera de cualquier otra serie. Y el capítulo no acaba tras la historia de March: todavía tenemos que ver a Tristan chupar la sangre de una víctima homosexual mientras la Condesa se masturba.

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