EL CLUB (PABLO LARRAÍN, 2015)


Pertenece El club al reducido grupo de películas que consiguen en el espectador una reacción física. Una respuesta orgánica, somática, ante un estímulo puramente intelectual. En apenas 15 minutos de proyección seguramente sentiréis un nudo en el estómago que no os va abandonar hasta el final de su larguísima hora y media. Ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival Internacional de Berlín, El club no es una película fácil de asimilar. Que sea necesaria, o no, depende de cada espectador. Para mí, estamos ante un director que, utilizando recursos cinematográficos, consigue que ver su película solo sea comparable con un acto de contrición. Consigue que nos sintamos culpables aunque no hayamos cometido pecado alguno y ante la representación de unos personajes torturados, sí, pero que en el fondo no se arrepienten de nada. Es El club, probablemente, una película sobre las debilidades humanas, las más oscuras de todas, y de cómo éstas pueden esconderse debajo de algo tan luminoso como la fe. La forma retorcida en la que los personajes de esa macabra casita cercana a la playa utilizan la retórica eclesiástica para explicar sus más bajos instintos resulta inquietantemente real. En este sentido, destaca la perorata insoportable de Sandokan (Roberto Farías), cuya verborrea golpea al espectador sin piedad produciendo una mezcla de pudor, asco y piedad que probablemente sea única en la historia del cine. Que Pablo Larraín se permita alguna nota de humor con semejante personaje es la prueba de que estamos ante una obra superior.