THE KNICK -TEMPORADA 2- TEN KNOTS


TEN KNOTS (16  DE OCTUBRE DE 2015) -AVISO SPOILERS-

Hay en The Knick la voluntad de encontrar belleza en lo sórdido. Luz en la oscuridad. La carta de amor de la enfermera Lucy Elkens (Eve Hewson), su voz, nos acompaña durante el camino hacia el hospital que da título a la serie, enseñándonos su día a día en el Nueva York de 1901. Los sentimientos de la enfermera son de una belleza profunda. Pero la siguiente imagen que vemos es tremendamente desagradable. El objeto de su amor, el doctor John Thackery (Clive Owen), retira la piel de la nariz de una mujer. Thackery se ha convertido en un cirujano clandestino y sigue siendo un adicto a las drogas. Sigue sumido en la oscuridad.


Luz contra tinieblas. La segunda temporada de The Knick mantiene intacto el pesimismo de la primera. El gran tema de la serie es el progreso contra la barbarie. Dos momentos análogos lo demuestran. En San Francisco, Cornelia Robertson (Juliet Rylance), se enfrenta a la ignorancia que provoca el miedo contra una epidemia. Por otro lado, en una oscura prisión, la hermana Harriet (Cara Seymour), sufre la dura reprimenda de otra monja por haber practicado abortos clandestinos. Son dos mujeres de mentalidad progresista -humanista- que se enfrentan a prejuicios y dogmas. Lo mismo ocurre con el doctor Algernon Edwards (André Holland), que sigue frustrado por el racismo de la época que le ha tocado vivir. Su vía de escape, pelearse en bares, le ha ocasionado un desprendimiento de retina que pone en peligro su profesión. A pesar de sus méritos y del apoyo de su "hermano", Henry Robertson (Charles Aitken), Algernon no consigue el puesto de cirujano jefe por culpa del color de su piel. Su "hermana" -y amante- Cornelia sufre una discriminación similar. Por ser mujer no tiene ningún control sobre su destino: su marido y su suegro deciden sobre su vida. Otra mujer, Eleonor (Maya Kazan), rota por la pérdida de su bebé, ha sido sometida a un tratamiento bárbaro en un manicomio: le han arrancado todos los dientes. Las piezas dentales que pretenden implantarle para sustituirlos parecen pequeños rayos de luz hasta que descubrimos su tenebroso origen, la morgue. Hay otra imagen del progreso en la escena en la que el pragmático Tom Cleary (Chris Sullivan) muestra a Herman Barrow (Jeremy Bobb) el coche eléctrico que ha comprado para convertirlo en ambulancia y así prescindir de los caballos... y de sus excrementos.


La lucha entre la oscuridad y la luz se sustenta sobre otro tema capital en The Knick, la ambición material. Todo es un negocio, desde el prostíbulo de Ping Wu (Perry Yung), hasta el hospital que da nombre a esta ficción. Herman Barrow es la personificación del lado inhumano de ese capitalismo todavía incipiente; él y esos hombres ricos a los que intenta convencer para que inviertan en el nuevo edificio hospitalario. La otra cara de ese capitalismo caníbal es Tom Cleary, cuyos negocios -estupenda la secuencia del combate de lucha libre- siempre rozando lo ilegal, también producen ganancias, pero que serán invertidas en causas más nobles, como contratar a un abogado para la hermana Harriet. Estos son los destellos de luz en The Knick que evitan que todo sea oscuridad. Como la pequeña lámpara que ayuda al doctor Bertie Chickering Jr. (Michael Angarano) a ver mejor dentro del cuerpo de su paciente para poder operar. Bertie era, por cierto, la opción sentimental "luminosa" para la enfermera Lucy Elkens, que prefirió las tinieblas de Thackery.


La oscuridad y la luz luchan en ese Nueva York de 1901, pero también en el interior de Thackery. Aquí vemos cómo es secuestrado -¿rescatado?- de la siniestra clínica que intentaba curar su adicción a la cocaína -¡Con heroína!- por el doctor Gallinger (Eric Johnson). Aunque las intenciones de éste no son puras -quiere evitar el ascenso de Algernon- Gallinger consigue que Thackery vea la luz a bordo de un velero blanco rodeado de mar. Haciendo 10 nudos marineros, "Thack" descubre que su lado oscuro es una enfermedad que puede ser tratada con medicina -con luz-. Así emprende el regreso, deshaciéndose del siniestro recuerdo de la niña que no pudo salvar.

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