BLACK MASS (SCOTT COOPER, 2015)


-AVISO SPOILERS-

El gángster cinematográfico suele tener un lado humano. Una debilidad. El complejo de Edipo de Cody Jarret (James Cagney) en Al rojo vivo (Raoul Walsh, 1949). La ambición individualista de Ray Liotta en Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990). El amor que siente John Dillinger (Johnny Depp) por Billie Frechette (Marion Cotillard) en Enemigos Públicos (Michael Mann, 2009). Sentimientos que nos permiten comprometernos con el protagonista de una historia criminal, aunque sea un asesino. En la efectiva Black Mass, sin embargo, el retrato del violento James "Whitey" Bulger (Johnny Depp) ofrece pocos asideros para simpatizar con él.


La seña de identidad de Bulger, como personaje, es su obsesión con la idea de la lealtad. Una paranoia asesina que le hace perseguir y castigar cualquier intento de delación en su organización criminal. Bulger cree por encima de todo en los vínculos que se forman durante la infancia, en la familia, en el vecindario. Los personajes de Black Mass están más unidos por haber crecido en la misma calle que por cualquier afiliación profesional, política, legal, o moral. Lazos que tienen que ver también con su origen étnico irlandés. Un vínculo atávico éste, que lleva a Bulger a colaborar con los terroristas del IRA aunque probablemente nunca ha salido de su barrio, el Southie en Boston. Todo esto explica que Bulger trabe una alianza con un agente del FBI, John Connnolly (Joel Edgerton), y que su hermano sea un político respetado, Billy Bulger (Bennedict Cumberbatch). Los roles impuestos por la sociedad a estos tres personajes valen mucho menos que el haber crecido juntos. Por eso pueden sentarse a cenar en la misma mesa, cuando deberían ser los peores enemigos.


La desconfianza de Jimmy Bulger ante los que le rodean -odia a los chivatos- le permite sobrevivir como criminal, pero le convierte en un asesino psicópata: mata a cualquiera que parezca sospechoso de traicionarle. Y esto le condena a una soledad absoluta. Es difícil sentir empatía por Bulger a pesar de la muerte de su hijo y de su madre. Lo que se nos muestra de su vida criminal, además, son solo los brutales asesinatos, siempre en primera persona, siempre a traición, siempre con la incómoda resistencia de la víctima. Nunca vemos a Bulger disfrutar de los beneficios de su actividad criminal -dinero, drogas, compañía femenina-. Nunca le vemos enamorado de una mujer o cariñoso con un amigo. Bulger siempre es el "tío duro". Siempre da miedo. Sabemos que en la mesa de montaje de esta película fueron descartadas escenas de una relación sentimental con un personaje interpretado por la actriz Sienna Miller. Quizás esas escenas humanizaban al protagonista y lo que busca el director es un retrato perfecto del mal.


Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990) es el referente claro de Black Mass en el tratamiento de la violencia, en la utilización de la música pop en la banda sonora, en la tensión insoportable de una simple conversación que no se sabe si va a acabar en un estallido de violencia -que recuerda al Tommy DeVito al que dio vida Joe Pesci en el papel de su carrera- y en los intérpretes de carácter muy creíbles. Por esto mismo desentona -y mucho- un Johnny Depp, estupendo actor, sin duda, pero demasiado maquillado. Lo más falso de su aspecto, esas lentillas azules que filtran la mirada del actor. Su principal herramienta de trabajo.